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La Guerra de Troya ha terminado. Las ruinas de Troya humean sobre la alta colina situada frente al mar. Alguna lengua de fuego se desprende aún de las ennegrecidas piedras, de las torres desmanteladas, de la imponente
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fortaleza que los aqueos han tomado por asalto; los cadáveres de los guerreros se amontonan en las estrechas callejuelas donde fue vencida la resistencia desesperada de los últimos defensores, bajo la funesta luz de los incendios.

Los navíos de Itaca son los primeros en zarpar, comandados por Ulises, el fuerte y astuto héroe al que

los aqueos deben la victoria. Las adornadas proas suavemente mecidas por las olas enfilan hacia el lejano horizonte, más allá del cual se encuentra la isla de Itaca, la pequeña y árida tierra en la que, con profunda nostalgia, han pensado los guerreros durante diez años; con ella han soñado durante las veladas nocturnas, en el campamento, en el silencio de las emboscadas y en el clamar de las batallas. Pero los dioses, dueños supremos dé los destinos humanos, se, oponen a sus deseos y la suerte se cierne ya como una oscura nube de tormenta sobre el porvenir de los navegantes.

Luego de largos días de travesía sobre un mar de aceite y bajo un cielo sin nubes, los viajeros avistan tierra: es el país de los cícones, según advierten al atracar. Los cícones habían sido, los aliados de los troyanos y, por consiguiente, enemigos de los griegos; el grupo de los aqueos, a las órdenes de Ulises, se arroja sobre la ciudad más próxima y, luego de incendiarla, se ensaña contra sus habitantes, después de un despiadado saqueo. Ulises trata de reunir a sus compañeros y de reintegrarlos a los navíos, pero no es fácil devolver la razón a hombres embriagados por el vino y la matanza.

Así, mientras los aqueos festejan la victoria sobre la playa, acuden a ellos nuevas tropas de cícones, bien adiestrados y conocedores de la estrategia que emplean los invasores, y el combate se reanuda. Esta ‘vez son los compañeros de Ulises quienes deben ceder, ante el aplastante número y el ímpetu de sus enemigos. Los aqueos se refugian en sus embarcaciones y se hacen a la mar, pero muchos de ellos han quedado sobre las playas, atravesados por las lanzas de los cícones.

Sin embargo, nuevos peligros acechan., a los desdichados compañeros del hijos de Laertes. Los navíos están ya a punto de doblar el cabo Malia, y los viajeros creen avistar su patria, cuando una ‘repentina tempestad desgarra las velas y sacude las naves. Estas frágiles cáscaras de nuez son arrastradas por un viento infernal en medio de olas gigantescas que barren los puentes y derriban los mástiles. Luego de diez días de tempestad, los marinos, enceguecidos por las violentas ráfagas de agua y viento, aferrados a los húmedos cordajes, descubren una tierra baja y verdeante. Muy pronto han atracado los navíos, y ya los hombres, agotados, descienden a tierra. El país está habitado por pacíficos seres que se alimentan con flores de loto.

Desgraciadamente, Ulises comprueba que todos aquellos de sus compañeros que han probado esas extrañas flores, no siente ya el deseo de regresar a su patria. Sólo él se abstuvo con prudencia y comprendió el peligro. Venciendo la resistencia de sus hombres, privados de memoria, les obliga a embarcarse y, luego de encadenarlos a sus bancos de remeros, suelta las amarras . . . Y he aquí que una tierra desconocida aparece en el horizonte como una azulada nube: es Italia, esa dulce región, enriquecida con. todos los dones que la naturaleza puede brindar a los hombres. Los aqueos errantes no desembarcaron, sin embargo, en estas costas, sino en un islote vecino, poblado únicamente por cabras salvajes. Era noche. Mientras saciados aguardan el sueño tendidos sobre la playa, oyen extrañas y misteriosas voces, que les llegan desde lejos.

Ulises, arrastrado por su sed de aventuras, más fuerte en él que todo otro sentimiento, decide atravesar el canal al día siguiente y realizar algunas exploraciones; sólo lleva con él, como presente propiciatorio, una bota de excelente vino; esconde el navío entre las rocas y con doce de sus compañeros se interna en las nuevas tierras.

De pronto descubre una caverna que parece habitada. Franquea la entrada y contempla admirado los cestos de junco, repletos de quesos, y los rediles, llenos de cabritos y corderos. Había también gran número de vasijas cargadas de leche cuajada, y otras preparadas para recibir la leche recién ordeñada. ¿Sería, pues, un pastor el habitante de este apacible rincón de la tierra? El enigma quedaría resuelto al caer la noche. Ulises y sus hombres, después de una espera paciente, ven llegar a un hombre grande como un roble, de cuya garganta sale una voz atronadora y que tiene un solo ojo en la mitad de la frente. Pertenece a la raza divina de los cíclopes, y es hijo de Poseidón; los compañeros de Ulises, aterrados por la presencia del monstruo, se aprietan unos contra otros.

Ulises conserva la calma y osa dirigirse al monstruo para recordarle el carácter sagrado de la hospitalidad. Por toda respuesta el cíclope lanza una feroz carcajada que hace temblar el recinto; con sus descomunales manos toma por los pies a los desdichados acompañantes de Ulises y los arroja contra las rocas. Polifemo, que así se llama el horrible monstruo, devora, ante los ojos desorbitados de los sobrevivientes, dos de los cadáveres. Luego cae pesadamente sobre su lecho de cañas, vencido por el sueño.

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Después de una angustiosa noche, el sangriento festín se repite. Polifemo, luego de hacer salir sus rebaños, cierra la caverna con un enorme bloque de piedra. El único que. como siempre, conserva su serenidad es Ulises, quien ha comenzado ya a meditar la venganza. este descubre, en un rincón, una gruesa rama de olivo y, luego de despojarla de sus hojas, la afila; después espera el retorno del cíclope, preparando un audaz plan de ataque y evasión.

Llegada la noche, luego de haber visto a Polifemo devorar otros dos cadáveres, el héroe avanza sonriente hacia él para ofrecerle. su vino; tres o cuatro vasos bastan para embriagar al cíclope, quien con meliflua voz pregunta a Ulises su nombre; será, según le promete, el último en ser devorado.

Ulises dice llamarse “Nadie” y agradece vivamente al monstruo el favor que se le dispensa. Más tarde, mientras el coloso debilitado por el alcohol yace inerte en su lecho, los aqueos exponen al fuego la punta del tronco de olivo, y la clavan en su único ojo, quemándolo horriblemente. Los aullidos del monstruo atraen a los otros cíclopes. estos preguntan a Polifemo quién lo ha dañado, y cuando éste responde “Nadie”, piensan que es Zeus quien ha querido castigar a su compañero. Ulises y los suyos consiguen evadirse de la caverna asiéndose al vientre de los corderos en el momento en que el cíclope los suelta para pastar.

A partir de ese momento y ya seguro en su embarcación, el hijo de Laertes se mofa a gritos del cíclope, quien, en la orilla, aúlla de rabia. Dirigiéndose a su padre Poseidón, le suplica que lo vengue de este pequeño hombre que lo ha vencido, desatando sobre él toda clase de desdichas. Poseidón lo oye desde el fondo de los mares y accede a sus ruegos.

Ulises y aquellos que le siguieron en su exploración de la gruta del cíclope, se reunieron con el resto de los aqueos, y juntos se pusieron en camino; en la isla de Eolo, señor de los vientos, hacen escala, y allí son acogidos por gentes hospitalarias. Además, Eolo otorga a Ulises el más precioso presente para un navegante: una ostra que contenía todos los vientos contrarios; sólo el Céfiro, viento favorable, quedaba en libertad para conducir la nave hacia Itaca.

En efecto, después de algunos días de apacible navegación, los marinos perciben a lo lejos las queridas montañas de su patria, pero los compañeros de Ulises, siguiendo los pérfidos consejos de Poseidón, aprovechan el sueño del héroe para verificar el contenido de la ostra que Eolo le ha ofrecido. Repentinamente el cielo se oscurece, y los vientos liberados azotan el mar, alejan los navíos de la costa y los ponen nuevamente a merced del destino.

Cuando decrece la furia de los vientos una tierra surge en lontananza; en ella habitan los lestrigones, pastores antropófagos, estos son hombres grandes y fuertes como gigantes; agrupados en bandas, se lanzan de pronto al asalto de los barcos anclados y desatan su salvaje violencia contra los viajeros. Únicamente la embarcación de Ulises, que permanecía a la entrada del puerto, consigue soltar amarras y evitar el saqueo.

De esta manera, el héroe y unos pocos compañeros se ven perdidos en la inmensidad del mar; de los doce navíos que salieran de Troya, sólo queda uno. Luego de largos días y largas noches de navegación, llegan a la isla Aea en Cólquide, donde habita, en un palacio de mármol, la maga Circe. Los hombres enviados por Ulises en exploración son recibidos por ésta, pero en el vino que ella les ofrece ha vertido un filtro que, a un gesto de la hechicera, transforma a los aqueos en cerdos. Ulises se entera de la nueva por boca de Euríloco, el único que ha escapado al sortilegio. Gracias a un brebaje que Hermes (Mercurio) le suministra, Ulises se vuelve invulnerable a estos sortilegios y obliga a la hechicera, amenazándola con su espada, a devolver a sus compañeros su primitivo aspecto.

Durante un año los navegantes descansan en la dulce isla encantada, gozando de los cuidados y placeres que
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les prodiga Circe, quien enseña a Ulises el método para revelar el porvenir; único entre todos los mortales, descenderá al sombrío reino de los muertos y podrá interrogar al adivino Tiresias, el más sabio de cuantos sabios han existido. Y el pequeño navío se hace a la vela hacia el brumoso país de los cimerios, que el sol jamás ha iluminado.

Allí, invocados por Ulises, los muertos emergen del Hades: las mujeres, los héroes, y por último el hechicero, que predice al hijo de Laertes un futuro lleno de amarguras. Ulises sabe ahora lo que le espera: el nefasto canto de las sirenas, las acechanzas de Caribdis y Escila, la tentación de los rebaños del Sol.

De manera que en el momento en que el navío llega a las proximidades de la Isla Dichosa, donde cantan las sirenas para atraer a los marinos y luego devorarlos, tapa con cera los oídos de sus compañeros y él mismo se hace atar al mástil; seducido al oír el melodioso canto, hace esfuerzos desesperados por arrojarse al mar, pero sus compañeros, imposibilitados de percibirlo, reman vigorosamente y todos logran escapar al peligro.

Dos inmensas rocas se perfilan en el horizonte; sobre una de ellas, Escila yergue sus seis cabezas armadas de poderosos colmillos; oculto bajo la otra roca está Caribdis, quien tres veces por día aspira el agua del mar y devora los navíos, con sus tripulantes y todo aquello que acierta a pasar en las proximidades. Ulises sabe que Caribdis es, de los dos, el más terrible, y lleva su embarcación hasta rozar la roca de Escila.Editar
La pared rocosa, desierta y desnuda parece no ofrecer ningún peligro, pero los colmillos amenazadores aparecen sobre el puente del navío y arrebatan a seis de sus tripulantes, que desaparecen en una
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anfractuosidad de la roca. Lamentando la pérdida de sus camaradas, los marinos reman vigorosamente y sin descanso..., y he aquí que aparece la seductora costa de Sicilia. Los viajeros avistan las blancas terneras de Helios (el Sol), que pastan en los prados bañados por el mar.

Allí arrojan el anda; Ulises previene a sus compañeros contra la horrible suerte que espera a quien ose dar muerte a uno de esos animales. Pero dos días más tarde, aprovechando una de sus breves ausencias, e impulsados por el hambre, sus hombres degüellan a los animales de mayor tamaño y se disponen a asarlos. Ulises vuelve al poco tiempo de producida la matanza, comprende inmediatamente, y se lamenta de su suerte y de la de sus compañeros.

Cuando la nave vuelve a partir, una negra nube oscurece el cielo, el viento barre las llanuras marinas, el rayo de Zeus cae sobre el mástil y precipita a los marinos en el mar embravecido. El hijo de Laertes se ve nuevamente solo, frente a las horribles fauces de Caribdis; logra salvarse asiéndose a las ramas de una higuera que pendían sobre el agua, y por algunos instantes que le parecieron interminables, esperó que las olas le devolvieran el mástil y la quilla de su barco.

Apenas advierte los restos del naufragio, se ‘deja caer sobre ellos, y remando con sus propias manos se aleja del lugar. Durante nueve días el náufrago se abandona al mar; a la noche del décimo siente que las vigas a las que se aferra tocan tierra firme; agotado, hace pie en una isla desconocida. Entre los escollos, las olas, dejadas ahora tras de sí, producen un. ruido infernal. Tendido sobre la playa, el héroe añora su patria lejana y tal vez perdida para siempre.

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